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24 dic. 2016

Odile Fernández: “¡Llevé las investigaciones médicas a la cocina y funcionó!”. La Vanguardia



Por 23 marzo, 2015




Fuente: La Vanguardia
“Mi oncólogo me dice que soy un milagro”, comenta Odile Fernández, a la que en 2010 le diagnosticaron un cáncer de ovario con metástasis en pulmón, sacro y vagina. El pronóstico no era muy alentador ya que las probabilidades de supervivencia en este tipo de casos son muy pocas. “Era noviembre y presentía que moriría antes de Reyes”, añade y explica que una de las cosas que la impulsaron a desear vivir fue su hijo, Íker. “Los hijos nos obligan a aferrarnos a la vida y mi peque de tres años me obligó a dejar a un lado la tristeza y buscar ese deseo de vivir”. Tres años más tarde llegaría su hermano, Nacho. Quizá fue su vocación y profesión, la de médico, o quizá fue su instinto de supervivencia, o las dos cosas a la vez, lo que hizo que Odile no se resignara y se convirtiera en “parte activa” en la batalla contra su enfermedad: empezó a investigar entre diversas publicaciones médicas con el fin de descubrir cómo podía ayudar a su cuerpo a sanar y qué podía hacer para conseguir paliar los efectos secundarios de los tratamientos médicos a los que se sometió –una intervención quirúrgica y quimioterapia-. A raíz de este resurgir personal, comenzó a hacer ejercicio físico, probó algunas terapias naturales que le ayudaron a encontrarse mejor, meditó para calmar su mente y cambió su alimentación introduciendo alimentos saludables. Tras su sanación, decidió compartir la experiencia vivida en un blog y en su primer libro, del que ya se han publicado once ediciones; ahora acaba de ver la luz la segunda parte: Mis recetas de cocina anticáncer (Urano), donde explica los pilares básicos de este tipo de alimentación, detalla el tipo de dieta de las poblaciones con menos casos de cáncer del planeta y propone 130 recetas con ilustraciones a todo color. Odile está convencida de que, además de la quimio, consiguió superar su enfermedad gracias a “la rica comida, el amor y la paz interior” con los que vivió durante su proceso de sanación.
– ¿De dónde surge la cocina “anticáncer”?
– Este tipo de alimentación se llama “anticáncer” porque lo escribo fruto del cáncer que sufrí y porque intenta prevenir la aparición de la enfermedad, pero podría llamarse también “cocina saludable”, beneficiosa para cualquier tipo de patología.
– No obstante, usted deja claro en el libro que no quiere generar falsas expectativas.
– Sí, lo de “anticáncer” no significa que vaya a curar el cáncer, sino que todos somos potenciales enfermos de cáncer y todos tenemos que prevenirlo. Esta dieta es un complemento a la medicina convencional, porque ayuda a tener menos efectos secundarios, mejorar la calidad de vida y la acción de la quimioterapia, pero nunca digo que esto cure. De hecho, es muy difícil saber cuál es el verdadero papel que puede tener la alimentación durante la enfermedad porque plantear estudios de este tipo en humanos es muy complicado.
– ¿Cuándo empezó a interesarse por las investigaciones existentes al respecto?
– Cuando me dijeron que tenía metástasis y que las expectativas de vida eran limitadas, pensé: “Tengo que buscar algo más si lo que quiero es sanar y no prolongar solamente unos años mi vida”. Empecé a leer bibliografía médica que relacionaba cáncer y alimentación, y fui introduciendo esos alimentos con sustancias fitoquímicas que parece que tienen propiedades anticáncer mediante técnicas culinarias suaves que mantienen las propiedades de los alimentos. Me basé en publicaciones y también me fijé en lo que comen las poblaciones de aquellas zonas del mundo que menos cáncer padecen, como Japón, Cuenca Mediterránea e India.
– ¿Qué indican esos estudios?
– La dieta mediterránea puede prevenir sobre todo cánceres de mama, colon e intestino. Cuando hablo de dieta mediterránea, no me refiero a la que comemos en la actualidad, sino a la de antes de 1960.
-¿Por qué esa dieta era tan saludable?
– Porque estaba basada en productos frescos y de temporada, mucho producto local y se preparaba en casa, donde en verano se comía mucha ensalada, gazpacho y pescado; y en invierno, cremas de verduras y guisados. También se consumía mucha legumbre y mucho cereal integral –antes le llamaban el pan moreno-. Esa era la verdadera dieta mediterránea, a la que se le añadían muchos frutos secos, especias, fruta y plantas aromáticas. Ahora la dieta que seguimos en la Cuenca Mediterránea se parece más al modelo americano de alimentación que a la dieta mediterránea tradicional.
– ¿Y qué me dice de la cocina japonesa e india?
– Los japoneses tienen mucho menos cáncer de mama, próstata, colon y ovario, ya que mantienen una alimentación rica en algas, setas, pescado crudo, mucha legumbre y vegetales. Y, luego, India, que aunque su población no es comparable con la de Europa y Japón porque su esperanza de vida es más corta, a la misma edad que la europea registra un índice de cáncer de la mitad, y parece que es por el alto consumo de legumbres, vegetales y especias, sobre todo de cúrcuma.
-La científica de este tipo de cocina es usted, es decir, que se inventó “las recetas anticáncer”…
– No había nada escrito sobre esto, solo existía investigación primaria que hablaba de la cúrcuma, el lino, las setas, pero en ningún sitio explicaba cómo introducirlo en la dieta. Entonces, hice de mi cocina un laboratorio, lo que también me sirvió como arteterapia durante el cáncer, porque como estaba centrada en cocinar, no pensaba en los efectos negativos de los tratamientos; saqué de mí una creatividad que hasta entonces nunca había tenido –antes de mi enfermedad no cocinaba-.
– Es decir, en cierto modo cocinar le ayudó a sanar.
-¡Llevé las investigaciones médicas a la cocina y funcionó! Tuve muy pocos efectos secundarios de la quimio, de hecho, durante el tratamiento estuve viajando por Europa; no tuve que tomar ninguno de los fármacos que me prescribieron en el hospital para vómitos y llagas, y con mi jengibre y mi cúrcuma controlé el dolor. Me sentía con energía y vitalidad. Y creo que, en parte, fue gracias a la alimentación.
– ¿Cuál fue la respuesta de los oncólogos que la trataban ante su curación y su cambio de estilo de vida?
– Mi oncólogo me dijo que si a mí me sentaba bien, que lo hiciera (…) y que no todo el mundo está preparado para hacer tantos cambios. Le respondí que si a la gente no se le informa de esta opción, nunca sabrá hasta qué está dispuesta a llegar para sanar. Pero si nadie te dice que durante la quimioterapia, por ejemplo, no es bueno abusar de los fritos, de los azúcares, de los aceites vegetales refinados, tú con buena intención continuarás llevando esa alimentación sin saber que te puede ir mal.
– Precisamente, usted critica a los médicos que tratan al enfermo de cáncer como un sujeto pasivo y no como un sujeto activo.
– En general, la medicina es muy paternalista, pero cada vez somos más los enfermos que reivindicamos tener un papel activo y que confiamos en nuestro poder de autocuración. Por desgracia, los oncólogos tienen poco tiempo y poca formación para poder ofrecerle al paciente las herramientas y la información que el enfermo demanda. Pero por suerte algo está cambiando y cada vez son más los médicos que están abiertos a esto. La medicina no es una ciencia exacta.
– ¿Y qué propone?
– Estudiar por qué hay tanta diferencia entre unos pacientes y otros. Si se hiciera un abordaje integral de la persona probablemente los resultados de muchas enfermedades serían mejores, y esto es lo que se está haciendo en Estados Unidos, donde al ser la sanidad privada, destinan más recursos a las necesidades del enfermo y se ofrece información sobre alimentación, emociones, hábitos de vida, además de la medicina convencional.
– Usted comenta en el libro que está convencida de que la angustia que siente el enfermo de cáncer y los tratamientos contra esta enfermedad a menudo la agravan.
– La verdad es que los tratamientos cada vez son menos agresivos, aunque lo continúan siendo; la quimioterapia no es del agrado de nadie. Si durante este tratamiento emocionalmente estás mal y te nutres mal, las posibilidades de supervivencia son menores que si emocionalmente tienes una actitud positiva, proactiva, si te alimentas bien, haces ejercicio, te mueves, estás activo y tienes una motivación.
– A raíz de la publicación de su primer libro, supongo que habrán contactado con usted muchos pacientes.
– Sí, esto es lo bonito de haber escrito el libro: el feedback con la gente que te escribe para darte las gracias porque la información que le has proporcionado le ha servido, no solo para el cáncer, sino también para otras enfermedades, como diabetes e hipertensión, incluso, para perder peso. Lo más bonito es cuando te escriben médicos y enfermeros diciéndote que lo están comprobando y ven que sirve.
– Desde que sufrió el cáncer, ¿qué alimentos ha retirado de su dieta?
– Los llamados “alimentos muertos” que poco nos aportan, sobre todo los que son refinados, como el pan blanco y la pasta blanca, a los que les han quitado parte de sus nutrientes -fibra, vitaminas, polifenoles y minerales- y les han dejado básicamente el hidrato de carbono y las calorías; los alimentos ricos en azúcares refinados, como pastelería o bollería; aceites vegetales refinados, como el de girasol y de maíz. Tampoco es recomendable el exceso de carnes rojas y embutidos, los alimentos en salazón y los ahumados, a los que se relaciona con cáncer de estómago, y fritos y barbacoas, que pueden contener sustancias tóxicas.
– ¿Qué alimentos ha incorporado a su dieta en gran medida?
– Los meses que duró la quimioterapia hice una dieta basada en ingerir alimentos crudos: ensaladas, batidos, gazpacho y algo de pescado, pero hecho al vapor. Y, después, fui introduciendo poco a poco las legumbres y los cereales integrales cocinados. Llevé una dieta piscivegana, a base de pescado y vegetales, sin carne ni lácteos.
– ¿Por qué retiró los lácteos?
– Hay investigaciones que los relacionan con cáncer de ovario y de próstata, y como el mío era de ovario pensé que más valía no tentar a la suerte. Suplí los lácteos con sésamos, almendras, algas, que son muy ricas en calcio. En Japón, por ejemplo, no se toman lácteos y tienen poca osteoporosis y fracturas de cadera.
– ¿Este tipo de dieta es apta también para niños?
– Sí, de hecho algunas de las recetas del libro están pensadas para los niños, como las gominolas, las brochetas de fruta con chocolate y los donuts en su versión sana. Los niños podrían tomar este mismo tipo de alimentación, y también les podemos dar carne una o dos veces por semana y huevos.
– ¿Lo ha hecho así con sus dos hijos?
– Mis hijos nunca han tomado leche, aunque algunas veces toman yogur de cabra o queso de cabra. La leche de vaca todavía no la han probado.
– Poco después de recuperarse del cáncer, se quedó embarazada de su segundo hijo.
– Después de la quimioterapia, el oncólogo me propuso ampliar la cirugía y yo le dije que estaba cansada y quería esperar un poco y durante esa espera llegó Íker. Según la oncología no me podría quedar embarazada porque probablemente la quimioterapia me habría dejado estéril, pero estoy convencida de que gracias a la buena alimentación y a buscar ese bienestar emocional tuve ese milagro; también estoy convencida de que creamos lo que creemos y yo mientras sufría cáncer, pensaba en ese bebé que tenía que nacer.
– ¿Durante el embarazo continuó con la misma dieta?
– Sí.
– ¿Los oncólogos que la trataron qué le han dicho respecto a su curación casi milagrosa?
– Uno de mis dos oncólogos dice que soy un milagro, y yo siempre le digo que “sí”, pero que también soy “un milagro muy currado”, que detrás de mi sanación hay mucho trabajo personal, no solo de alimentación, sino de tratar las emociones, hacer ejercicio, cambiar de actitud frente a la vida. Y mi otro oncólogo no dice nada, me da la enhorabuena y ya está.
– Aún así, ¿tiene miedo a recaer?
– No. Una de las cosas que te enseña el cáncer es a vivir sin miedo y a disfrutar porque cuando tienes cáncer y está tan avanzado, te das cuenta de que la vida es limitada y que todos vamos a morir. Quizá muchas veces cuando estamos sanos, es como si tuviéramos un pacto hasta los 80 años. Desde que tuve la enfermedad me dedico a crear mi sueño y se lo inculco también a mis hijos. Cuando me quedé embarazada poco después de sanar, hubo gente que me preguntó si tenía miedo de que me volviera el cáncer y ese niño se quedara huérfano. Si tuviera miedo a morir, tampoco saldría a la calle por si me atropella un coche.
– En la dieta que ha elaborado no hay carne, pero sí pescado. No obstante, algunos pescados como la merluza que aparece en sus recetas contienen mercurio, sustancia también perjudicial para la salud.
– Cuanto más grandes sean los pescados, están más contaminados por metales pesados a causa de la contaminación del mar. Por eso se recomienda la ingesta de pescado azul pequeño –boquerón, sardina, jurel y caballa-, ya que es rico en Omega 3 y está menos contaminado por metales pesados. Podríamos comer este tipo de pescado de tres a cuatro veces por semana y la carne reducirla a una o dos veces.
– No obstante, usted no consume carne.
– Que yo no coma carne no quiere decir que todo el mundo tenga que hacerse vegetariano, de hecho, un vegetariano puede comer peor que un omnívoro que come de todo si solo se alimenta de pasta blanca con tomate y pizza de tomate o salchichas de tofu.
– ¿Y qué pasa con el café, tan consumido en nuestra cultura? ¿Es saludable?
– El café en grano verde, antes de que se tueste, es un excelente antioxidante, pero lo tuestan porque no tiene sabor y nadie lo compraría. El problema es que cuando se tuesta, gran parte de los antioxidantes se pierden y, además, según como lo hayan tostado, puede contener sustancias tóxicas, como benzopirenos. Si va a tomar café, beba uno al día, que sea de tueste natural, que no sea torrefacto, si puede ser ecológico, mejor, y cómprelo en grano y muélalo en casa para que no pierda los pocos antioxidantes que tiene. Pero lo ideal sería que hiciese infusiones de café en grano verde, un antioxidante muy diurético que además ayuda a perder peso.
– ¿Qué tipo de cocciones recomienda?
– Cocinar al vapor, el hervido a baja temperatura, es decir, a fuego lento, como hacían antes los abuelos. Cuando sobrecueces algo o lo fríes sus propiedades fitoquímicas –“anticáncer”- se pierden, y además, según el tipo de cocción, podemos añadir sustancias tóxicas, como benzopirenos –muy presentes en barbacoas y fritos-, nada saludables.
– ¿Y si cocino al horno?
– No pase de 180º, hornee a baja temperatura.
– ¿Hasta qué punto la dieta puede prevenir el cáncer?
– Según la Organización Mundial de la Salud, un estilo de vida saludable, que significaría estar delgado, hacer ejercicio, no fumar, no beber, manejar el estrés y comer bien, podría prevenir dos de cada tres cánceres. Y la alimentación podría prevenir uno de cada tres, sobre todo de mama, colon, próstata y pulmón, que son los más frecuentes en nuestra sociedad. ¡Es mucho!
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