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1 ene. 2008

La decadencia sanitaria



JOSÉ MARÍA RUILÓPEZ Sabemos que la enfermedad no entiende de fechas. Y que los centros asistenciales de Gijón padecen un colapso crónico. El que los mismos médicos hayan acudido a los medios para denunciar este hecho en estas fechas de extrema conflictividad vírica demuestra, por una parte, el embalse, que no laguna, informativo que ya nos embarga desde hace un tiempo, y por la otra, el riesgo claro y bien definido por los profesionales de la medicina que existe para nuestra salud en este tiempo de concertaciones y brindis navideños en salones municipales.


Cuando se implantó el sistema de petición de cita con el médico de cabecera por teléfono se podía hacer, incluso, en el mismo día. Ahora hay que esperar hasta tres días para conseguirla. Las demoras para consultas especializadas llevan por delante varios meses. Hay un caso que en una revisión rutinaria anual al paciente se le comunica vía correo postal la demora de la misma en tres ocasiones ya, retrasando la cita de modo sistemático en cada comunicado. Ello implica que muchos médicos de atención primaria recomienden, por medio de un parte de asistencia prioritaria, acudir a las urgencias hospitalarias para solucionar casos que podrían resolverse en el margen de una semana en las consultas habituales de los especialistas. Lo que conlleva que los servicios de urgencia se conviertan en improvisadas consultas de especialistas de variadas dolencias, y no sólo de las imprevistas.

El Servicio de Salud del Principado de Asturias, como es obvio, niega todo conflicto, pensando, tal vez, que la gente ya asume que el apelotonamiento de pacientes forma parte de la normalidad. Y que el ver camas por los pasillos de urgencias es como un simulacro del dolor en vez de un panorama de abandono institucional. Hay que preguntarse qué haría cualquier ciudadano que tomara un transporte público por carretera y le dijeran que el conductor lleva veinte horas conduciendo sin dormir y todavía le quedan cuatro de trabajo. Pienso que cogería la maleta y se iría a denunciarlo al lugar oportuno. Pues eso es lo que sucede habitualmente en los servicios de urgencias, con guardias de veinticuatro horas para los profesionales. Algo que hoy mucha gente ve como normal, pero que no deja de ser una aberración, no sólo humana, sino institucional, sanitaria y de servicio. ¿Puede un médico estar en óptimas condiciones físicas y mentales para atender a un paciente luego de veinte horas en pie, sin dormir y viendo a docenas de enfermos, cada uno con su peculiar sintomatología? Habría que inventar el tacómetro sanitario para los profesionales de la medicina con unos límites racionales.

Si presumimos de tener una sanidad pública puntera no debe ser sólo para llenar la boca de la Administración, sino para demostrar con la eficacia del servicio esa presunción por la que apostamos, pero de cuya fiabilidad saltan sospechas graves cada día.

Ya se ha dicho en infinidad de ocasiones que la salud es el principio básico de la felicidad del ciudadano y, por lo tanto, la obligación primera e inexcusable de los gobernantes como administradores de los recursos sanitarios. Es poco todo lo que se diga por el bien de la atención médica. Y es excesivo el silencio de los pacientes, salvo excepciones, y demasiado escaso el de los profesionales. Hay que evitar, como denuncia de fracaso, la frase poética: «qué solos se quedan los muertos»É

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