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11 may. 2008

Lo último en drogas: doparse en la farmacia

Alarma por el aumento del uso recreativo de psicofármacos - Recetas falsas, urgencias fingidas o Internet proveen las sustancias

Nadie discute sobre la necesidad, la eficacia y los beneficios de los psicofármacos. Medicamentos como los analgésicos opioides, los ansiolíticos o los estimulantes son seguros cuando se toman con unos objetivos terapéuticos concretos, bajo control médico y en las dosis adecuadas. Sin embargo, lo que buscan en ellos algunas personas no es curar una enfermedad, sino directamente drogarse. Algunos, cual farmacia ambulante, los incorporan a su kit nocturno, junto a sustancias ilegales. Otros, lejos de los círculos convencionales que se asocian con el consumo de drogas, empiezan a tomarlos de forma inocente y los acaban necesitando como una muleta cotidiana. ¿Es éste otro de los síntomas de que la sociedad ha perdido el respeto al medicamento?

La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de Naciones Unidas (JIFE) alertó el año pasado de que el uso indebido y el tráfico de medicamentos de venta con receta había aumentado en todo el mundo. En Estados Unidos, el consumo lúdico de fármacos de prescripción sobrepasa ya al resto de drogas, excepto al cannabis. Los expertos coinciden en que es preocupante, pero pocos países conocen su situación real. Incluso la JIFE aconseja crear mecanismos para reunir datos que documenten esta realidad.

Ponerle cifras es, por tanto, difícil. Se venden en el mercado negro, en Internet y en las farmacias. Aunque sólo sea la punta del iceberg, en España el Observatorio de Medicamentos de Abuso (OMA) del Colegio de Farmacéuticos de Barcelona acaba de concluir un estudio de dos años gracias a las notificaciones de los farmacéuticos de la provincia de Barcelona. Según los resultados, se está abusando de forma lúdica de un total de 27 sustancias. Un 22% de los abusadores consumen analgésicos, la mayoría con opiáceos (codeína); un 12% de ansiolíticos o tranquilizantes (benzodiacepinas); un 10% de estimulantes y el resto una amplia gama de sustancias, incluido el misoprostol, que sólo se receta para tratar la úlcera, aunque se utiliza para abortar.

Lidia se conoce todas las farmacias del área metropolitana de Barcelona. Tiene 52 años y toma ansiolíticos desde los 16. Empezó por prescripción médica, tras suspender un curso de bachillerato, pero cuando el doctor le dijo que ya no era necesario que los tomase, que tenía que ir dejándolos gradualmente, fingió y continuó haciéndolo. "Empecé con una pastilla al día, y he llegado a tomar hasta 30". Al cumplir los 20 años, se sumó el alcohol. "No buscaba la euforia, sino el bajón, potenciar el efecto tranquilizante". Por aquel entonces, Lidia empezó a trabajar como relaciones públicas. Sus jornadas eran largas, su entorno laboral exigente y muy falso. "Me ayudaba a aguantar la mentira, no la soporto".

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Cuando el dolor lleva a la adicción

También las personas con dolor crónico, con migrañas, pueden acabar desarrollando adicción a los analgésicos. "Muchas veces cuando les dices que tienen este problema se ofenden y te dicen ¿Qué crees, que lo tomo por gusto?", explica Patricia Pozo, neuróloga de la Unidad de Cefaleas del Servicio de Neurología del Hospital Universitario de la Vall d'Hebron en Barcelona. Por su consulta pasan pacientes que padecen graves migrañas, que se han convertido en crónicas a causa de la adicción que les ha generado el abuso de los analgésicos. La mayoría son mujeres: "Es lógico, la cefalea afecta a 80 mujeres por cada 20 hombres", afirma Pozo.

El dolor les hace ir aumentando la dosis, sin que el médico se lo haya dicho, y la cefalea se acaba convirtiendo en crónica. "El dolor inicial empeora y se cronifica, porque a causa del abuso el sistema se ha sensibilizado, el tipo de dolor se ha transformado, es continuo aunque más llevadero, y aumenta cuando no toman el medicamento porque, en realidad, lo que les está ocurriendo es equivalente al mono", explica Pozo. "No sabemos por qué, pero hay personas con predisposición a generar esta dependencia, podría haber una base genética, o educacional; si en tu casa has visto toda la vida a tus padres tomando muchos analgésicos es posible que acabes procediendo igual", explica. Muchos terminan tomando tranquilizantes porque el abuso de analgésicos también genera dificultades para dormir. "El enfermo no quiere drogarse, quiere curar su dolor, pero lo acaba haciendo", explica Pozo.

Las personas adictas a los analgésicos también deberían seguir programas de desintoxicación para dejarlos. "Hay que cortar por lo sano", afirma Pozo, que para tratar estos casos trabaja en colaboración con Carlos Roncero, psiquiatra y coordinador del ambulatorio de drogodependencias del Hospital de la Vall d'Hebrón. "Se les enseña a diferenciar los estímulos que les desencadenan las ganas de tomar el medicamento, aprenden técnicas para manejar el dolor de otra manera y se analiza si hay otros rasgos de enfermedades psiquiátricas", explica Roncero. En la mayoría de los casos no hace falta hospitalización.

El médico detecta estos abusos en pocos casos. "Todos sabemos que en la primaria el problema son los pocos minutos de visita", apunta Carlos de Barutell, presidente de la Sociedad Española del Dolor. Y el poco acceso a centros especializados en el tratamiento del dolor. Actualmente, tan sólo un 2% de los enfermos con dolor crónico llega a tratarse en las unidades adecuadas, y un 85% se visita en primaria. "Los analgésicos son una familia muy numerosa de medicamentos, se debería regular que se sirvieran también con receta", concluye Barutell.

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