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31 jul. 2008

Sí es posible herir los sentimientos


La ciencia terminó por confirmar algo que los poetas cantaron hace tiempo: sí es posible herir los sentimientos. Suena obvio, pero en este caso no se trata de un recurso retórico: eso es lo que realmente ocurre en el cerebro.

El número de investigaciones encaminadas a diseccionar las emociones es creciente, y entre ellas también es creciente la evidencia de que el rechazo social y el desamor lesionan de una manera que podría equipararse a la laceración en la piel, el hematoma en el ojo o el hueso quebrado. Los experimentos de un equipo de neurocientíficos de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), los ha llevado a plantear que el uso de la expresión 'dolor' en el contexto de las pérdidas afectivas no tiene, para nada, un sentido metafórico. "La evidencia sugiere que algunos de los mecanismos neurales de la experiencia del dolor físico podrían también estar involucrados en la experiencia del dolor asociado a la separación o el rechazo sociales", plantearon los investigadores en un artículo en la revista Science.

Para llegar a esta hipótesis, los científicos, bajo la dirección de la doctora Naomi Eisenberger, programaron en computador un juego de pelota en el que los voluntarios eran incluidos o excluidos por otros participantes: a veces les lanzaban la bola, otras veces los apartaban del juego. Gracias a un escáner de resonancia magnética nuclear, los investigadores observaron la actividad cerebral de los voluntarios y encontraron que el patrón de actividad cuando eran excluidos era semejante al del dolor físico. Según anotaron, el experimento ofreció "evidencia de que la experiencia y la regulación del dolor social y el dolor físico comparten una base neuroanatómica común".

No puedo estar sin ti
El dolor es la señal más primitiva para indicar que algo anda mal. Cuando se produce, activa una zona del cerebro conocida como la corteza cingulada anterior, considerada el sistema de alarma del organismo. La ablación de esta parte del cerebro en hembras hámsters elimina el interés de ellas por estar cerca de sus crías, mientras que el efecto del mismo experimento en monos ardilla es la supresión del chillido con el que restablecen el contacto con su grupo. En las mujeres, por su parte, la corteza cingulada anterior entra en actividad cuando escuchan el llanto de sus hijos.

Por eso no resulta extraño que el sistema de arraigo de los mamíferos se haya encabalgado a lo largo de la evolución en el mismo sistema del dolor. De la misma manera que cualquier molestia física indica que algo está fallando e insta a tomar medidas, el dolor emocional motiva la cohesión del grupo para garantizar la supervivencia. "La socialización da protección -explica el neurólogo Luis Alfredo Villa-. En las sociedades primitivas permitía estar a salvo de depredadores. Vivir en grupo hacía posible dormir y obtener alimentos. Por eso es comprensible que el rechazo social no solo genere depresión en los humanos, sino en la mayoría de los mamíferos". En síntesis, la experiencia de dolor por el desarraigo social es una forma de alertar que las conexiones sociales están fallando y una invitación para corregirlas.

Otras evidencias van por el mismo camino. Un artículo de The New England Journal of Medicine que hizo seguimiento durante nueve años a 518.240 parejas mayores de 65 en Gran Bretaña demostró las consecuencias fatales de la depresión que sobreviene a la viudez. El trabajo señala que los hombres son más propensos al deterioro físico tras la muerte de su pareja en un 21 por ciento, frente a un 17 por ciento de las mujeres. La explicación es que la tristeza produce mayor secreción de cortisol, adrenalina y otras sustancias que elevan la presión, dañan las arterias y aumentan el riesgo de infarto. De manera similar, otros estudios han confirmado que las personas que no logran adaptarse al dolor emocional experimentan mayores dificultades para soportar el dolor físico.

Pero más allá de las razones evolutivas y las consecuencias para el cuerpo, este tipo de hallazgos abre nuevas perspectivas para el tratamiento de los 'dolores del alma'. Como plantean los investigadores de la UCLA, si los malestares sociales y los físicos producen un efecto similar en el cerebro, eso significaría que tanto el soporte social como las intervenciones neuroquímicas tendrían similar validez a la hora de corregirlos. Así las cosas, no debe descartarse que la cura para el mal de amores esté a la vuelta de la esquina.

DOLOR CRÓNICO
Así como una lesión mal tratada puede provocar un dolor que perdura a lo largo de la vida, una pena no elaborada eventualmente provoca un dolor emocional crónico. Según la investigadora de la Universidad de California, Los Ángeles, Mary Frances O'Connor, el 10 por ciento de las personas queda con este tipo de secuelas tras la pérdida de un ser querido. El trastorno ha sido llamado "pena compleja" y se caracteriza por la incapacidad para adaptarse a las circunstancias, la amargura, el enojo y la falta de esperanza. En estos casos, una intervención psicológica se vuelve imprescindible.

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