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28 oct. 2008

La exposición al amianto durante décadas ha causado en Italia un millar de muertos y unos 60.000 damnificados


El fiscal de Turín reclama un millón de euros por fallecido

ROSSEND DOMÈNECHROMA
Massimo Mattarelli, ingeniero, se ha suicidado en Génova.

Luisa Minazzi, directora de una escuela primaria, está muriendo lentamente en Piamonte.

Pietro Marrazzo, presidente de la región de Lazio, ha escrito 30.000 cartas y las ha enviado.

Los tres simbolizan la tragedia del amianto, material que, combinado con cemento, algunos llaman eternit y otros uralita. El ingeniero se lucraba gracias a falsos enfermos por el amianto, la directora tenía un padre que trabajaba en una fábrica donde se producía este material y el político ha decidido efectuar un censo del amianto que existe aún en su región.

El fiscal de Turín Roberto Guarinello, conocido por iniciar investigaciones acerca de las sustancias tóxicas mortales usadas por los deportistas, acaba de solicitar una suma de un millón de euros de indemnización por cada uno de los muertos de su jurisdicción, que ya llegan a un millar. No hay cifras acerca de los supervivientes afectados, aunque algún sindicato apunta que alcanzan los 60.000. En Padua, otro fiscal investiga la muerte de 400 marineros que trabajaron en naves de la Armada forradas con amianto.

Incluso 40 años después

Los expertos explican que el amianto mata lentamente, incluso 40 años después de haber inhalado sus partículas invisibles. Se sabe desde los años 60 que es peligroso, desde los años 70 que mata, que desde 1992 está prohibido, pero sigue presente en todos los pueblos de Europa. Generalmente en forma de techos, pero también como aislante en la construcción y en los vagones ferroviarios, en productos ignífugos, en las serpentinas de viejos secadores de pelo y para mantener compacta la ceniza de los puros. En los centros de atención primaria explican que "lo más peligroso ahora es extraerlo y destruirlo, porque desprende partículas". En los lugares de Italia en los que se ha fabricado, bomberos y técnicos se protegen con trajes de guerra bacteriológica.

En varias estaciones del país, el viajero puede ver largos e inquietantes trenes aparcados en una vía muerta. Están tapiados, porque contienen amianto extraído de algún lugar. En Europa, su uso está prohibido y la producción se ha trasladado a Brasil, China y al rico Canadá. Allí, personas inocentes empezarán morir en unos pocos decenios.

Mientras, Guarinello está buscando a los responsables de las fábricas de uralita. En lugar de apuntar a los directores de las filiales, ha ascendido en la pirámide jerárquica de la propiedad y ha llegado hasta Suiza y Bélgica. Ha descubierto que en los años 30, los productores mundiales de amianto estaban agrupados en el cártel SAIAC y que poco tiempo después, ya existían partes médicos acusando al amianto de daños a la salud. Incluso habla de un manual de instrucciones en el que se explicaba lo que había que decir a los visitantes de las fábricas.

La relación entre amianto y cáncer está demostrada desde los años 60, como también los pasos que los productores hicieron para impedir que se prohibiera su utilización. Sergio Bonetto, abogado de parte de las víctimas, explica que es "la primera vez" que se investiga "sobre las responsabilidades de los propietarios internacionales de Eternit", nombre de la empresa que trabajaba en Piamonte. En el sumario también figuran los italianos deportados a Alemania durante la segunda guerra mundial, obligados a trabajar con amianto.

Los acusados

Los acusados del sumario turinés son un belga y dos suizos. Se llaman Stephan Schmidheiny, Thomas Schmidheiny y Jean-Louis de Cartier. Las estadísticas mundiales, como la de Forbes, los definen como multimillonarios, y Guarinello les acusa de homicidio involuntario. Son los herederos de los propietarios de la industria suizo-belga Eternit. En su portal de internet (www.stephanschmidheiny.net), uno de ellos ha escrito su alegato defensivo. "Mandé instalar enseguida filtros y remedios para reducir la presencia de fibras en el aire", explica. Pero al no funcionar, decidió "eliminar el amianto".

"¿Quién podía saberlo?", se pregunta ahora Luisa Minazzi, que de pequeña jugaba en el patio entre polvos de eternit que su padre traía de la fábrica como si fuese algo maravilloso. Dice Luisa que "los responsables deberían ser juzgados en La Haya por crímenes contra la humanidad" y uno se pregunta qué sucederá con toda la uralita que hay en los pueblos de Europa, que sigue en el mismo sitio donde fue colocada hace 30 o 40 años.

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